La celebración del Grito de Independencia es quizás uno de los engaños políticos más aceptados por los mexicanos, asumido plenamente, incluso tolerando el derroche de millones de pesos de recursos públicos por las autoridades en turno que dan pan y circo. Y no, el tema no es el dispendio que realizó el alcalde Cruz Pérez Cuéllar, que poco le importó El Chamizal y el decreto que lo proclama Zona de Restauración Fronteriza, y quien se aferró con berrinche para hacerlo en ese territorio y cerró un cruce internacional. Poco le importaron las mentadas de madre de los fronterizos que a diario usan el Puente Libre y seguro ni el asno Borunda, que eligió de cronista, le hizo sugerencias para elegir el mejor sitio. Montó unas tarimas en Las Banderas que, de seguro, hubieran sido la risa de los insurgentes y después el llanto cuando supieran su costo para el erario. Pero volverían a reírse tras saber que el alcalde fue derrotado por unas ardillas moteadas y volverían a llorar cuando supieran que destrozó en represalia unos árboles por la Ejército Nacional.
Sin embargo, unos cuantos miles de juarenses se unieron a la celebración del Grito de Dolores; acarreados o por cuenta propia pero fueron a la fiesta que celebra el mito que inició con el llamado de Hidalgo a luchar por el rey Fernando VII, depuesto en España por José Bonaparte, el hermano mayor de Napoleón Bonaparte, por lo que eran momentos convulsos en el imperio español que no convenían a las élites de poder en América.
La lucha inició desde la parroquia de Dolores la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y no el 15, fecha que se instituyo en el porfiriato; dicen algunos historiadores de verdad, que se recorrió para unirlo con el cumpleaños del general Porfirio Díaz, algo que también harían los actuales políticos que recorrieron las conmemoraciones y celebraciones de fechas cívicas para crear los famosos fines de semana largos.
La lucha armada terminó oficialmente el 27 de septiembre de 1821, con la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, pero no fue un triunfo de la causa insurgente, sino un golpe de estado asestado por quien dirigía al ejército realista, Agustín de Iturbide, dedicado por años a combatir la rebelión y quien, tras expulsar al virrey, consumó la independencia y posteriormente se proclamó emperador de México.
Por la lucha política que vendría después entre conservadores identificados con el primer emperador del México independiente y los liberales identificados con Hidalgo, Morelos y Vicente Guerrero, es que en distintas épocas, la independencia se celebró en una fecha u otra, atendiendo a quién estaba en el poder, y las celebraciones eran paradas militares sin dispendio de recursos públicos como ocurre en la actualidad y el sitio de celebración no atendía a caprichos ni a negocios de los presidentes municipales.
