Por Adrián Ahjuech
Lo que hoy vivimos en la política mexicana no es una anomalía reciente ni un accidente histórico. Es, por el contrario, la repetición de un patrón tan viejo como el poder mismo, pero que muchos creímos superado. Un fenómeno que pensábamos erradicado, lejano, propio de regímenes autoritarios del pasado o de democracias frágiles que observábamos desde lejos. Sin embargo, hoy lo tenemos enfrente, operando con normalidad y, peor aún, con legitimidad electoral.
Hablamos de personas que durante años se asumieron como “críticos del sistema”, persistentes, analíticos, incluso moralmente superiores frente a quienes sí gobernaban. Pero detrás de esa supuesta lucidez se acumuló algo más peligroso: el resentimiento político. El enojo por lo que —según ellos— se les debía y nunca se les dio, porque nadie creyó en su capacidad, liderazgo o resultados. No por persecución, sino por falta de méritos comprobables.
El problema no fue que finalmente llegaran. El verdadero problema comenzó cuando el poder les fue entregado como última opción, no por convicción, sino por arrastre, por coyuntura, por una ola electoral que los subió sin haberla remado. Y el caso más claro fue la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República.
Muchos creímos, legítimamente, que se trataba de un cambio profundo. Sin embargo, lo que terminó ocurriendo fue algo distinto: la apertura indiscriminada del poder a perfiles que jamás habían sido probados, personas que nunca habían ganado nada por sí mismas, pero que encontraron en el discurso del cambio la puerta de entrada a cargos que antes exigían experiencia, resultados y formación política.
Así, el cargo público dejó de ser una responsabilidad para convertirse en un botín. Se menospreció la función pública, se despreció el oficio político y se sobajó a quienes, con errores o aciertos, habían construido instituciones y proyectos con visión de largo plazo. En su lugar, llegaron personas movidas más por el rencor que por la vocación de servicio.
Lo verdaderamente peligroso de este tipo de perfiles no es que accedan al poder, sino lo que hacen con él. Porque no lo conciben como una herramienta para gobernar, sino como un instrumento de revancha. Transgreden normas, deforman reglamentos, modifican estatutos y alteran jerarquías no para mejorar, sino para imponer una imagen personal, “nunca antes vista”, que en el fondo es solo un ejercicio de vanidad política.
Este fenómeno no se limita a una sola administración ni a un solo partido, aunque hoy sea imposible ignorar que Morena, con su mayoría en cámaras, congresos locales, gobiernos estatales y municipios, lo ha llevado a su máxima expresión. El nepotismo, el abuso de poder y el autoritarismo se repiten no porque esas personas hayan peleado ese cargo con convicción y proyecto, sino porque llegaron por una caída en cascada, arrastrados por una votación federal que los colocó en espacios que nunca construyeron.
Muchos brincaron de partido en partido, se acomodaron donde hubo oportunidad y hoy gobiernan municipios, cabildos y congresos sin haber ganado antes ni una sola batalla política propia. Al llegar, no optimizan lo que existe; lo destruyen. No continúan procesos; los desmantelan. No fortalecen instituciones; las debilitan. Todo lo previo debe desaparecer para que su paso por el cargo “se note”.
Y aquí aparece una confusión grave: mayoría no es sinónimo de legitimidad absoluta. Ganar una elección no otorga permiso para desordenar la casa ni para imponer la ignorancia como método de gobierno. Mucho menos para gobernar desde una burbuja donde toda crítica es vista como traición y toda oposición como enemiga.
Para estas personas, nada de lo que hacen está mal. Su justificación permanente es el voto, la mayoría, la narrativa. Pero para quienes mantienen una postura crítica, neutral y verdaderamente democrática, resulta evidente que esto ya no es pluralidad, sino imposición. La democracia no es que todos piensen igual, sino que existan contrapesos, debate, autocrítica y continuidad institucional.
Lo más grave llega al final del ciclo. Cuando estos personajes saben que su tiempo se agota, buscan dejar huella no construyendo, sino destruyendo. Desprestigian, debilitan o anulan a quienes venían trabajando antes y a quienes podrían dar mejores resultados después. Porque no conciben el futuro del proyecto, solo su permanencia simbólica.
Y entonces el círculo se cierra. El que fue destruido aprende la lección equivocada: no avanzar, sino vengarse. Cuando le toque decidir, hará lo mismo. La política se convierte en una cadena de resentimientos, en una historia que se repite una y otra vez, sin fin.
Este no es un problema de siglas ni de colores. Es una patología del poder que atraviesa partidos fuertes y partidos débiles, gobiernos ganadores y oposiciones derrotadas. Mientras no se entienda que gobernar no es ajustar cuentas personales, sino optimizar lo que existe y pensar más allá del cargo, seguiremos atrapados en este ciclo.
La pregunta no es si te suena.
La pregunta es: ¿hasta cuándo vamos a normalizarlo?
