Por Adrián Ahjuech
La violencia en México ya no pregunta quién eres, a qué te dedicas ni qué tan cerca estás del poder. No revisa cargos, no respeta trayectorias y no distingue apellidos. Llega, irrumpe y arrebata, y con cada caso confirma una verdad incómoda: cuando el Estado falla, fallamos todos, sin excepción.
El asesinato de María Eugenia Delgado y su hija Sheila Amezcua, tía y prima del secretario de Educación Pública, Mario Delgado, en Colima, es una noticia que sacude no por el parentesco, sino por lo que desnuda. Dos mujeres trabajadoras, conocidas en su comunidad por vender comida y pasteles, asesinadas en su propio hogar, en un estado que encabeza las tasas de homicidio doloso del país. No estaban en el poder. No eran parte del conflicto. Eran ciudadanas.
Y aun así, la violencia las alcanzó.
Este caso vuelve a poner sobre la mesa algo que muchos se empeñan en evadir: la cercanía al poder no garantiza seguridad, y la narrativa no sustituye a la justicia. Cuando no existe una reforma estructural al Poder Judicial, en todos sus niveles, no hay convicción real de cambio. Hay discursos, hay comunicados, hay promesas… pero no hay consecuencias.
Durante años se repitió, casi como mantra, que no se perseguiría a los delincuentes, que la estrategia sería distinta, que los “abrazos” reemplazarían a las decisiones firmes. El resultado hoy es evidente: una pérdida total de seriedad institucional, una ausencia de autoridad real y una violencia que se normalizó a fuerza de estadísticas.
Porque ese es otro de los dramas: toda vida importa, pero en el sistema actual, cada vida termina siendo un número más en una gráfica, una cifra en un reporte, un punto en una tasa por cada 100 mil habitantes. Y no debería ser así. Cada persona asesinada es alguien que valía, que importaba y que era indispensable para alguien más.
No importa si se le llamó guerra contra el narco o estrategia de contención. No importa si hablamos de homicidios, desaparecidos o víctimas colaterales. Lo que importa es hacer lo correcto contra quienes buscan desestabilizar México, Chihuahua y Ciudad Juárez. Y eso no se logra mirando hacia afuera, sino corrigiendo desde adentro.
Casos como este también advierten algo más: la violencia termina alcanzando a quienes no ponen atención a lo que ocurre dentro de las corporaciones, a los vacíos de control, a las omisiones, a las zonas abandonadas que se convierten en tierra de nadie. No basta reaccionar después del crimen. Hay que prevenir, corregir y depurar antes.
En Juárez y en el estado, urge una revisión honesta de errores, no para repartir culpas, sino para construir una estrategia eficaz, con inteligencia, coordinación y voluntad real. Porque hemos llegado a un punto peligroso: somos rehenes de nuestras propias decisiones políticas, y esas decisiones, tarde o temprano, cobran factura.
La violencia no distingue colores ni cargos.
Pero sí deja claro quién gobernó con visión… y quién prefirió gobernar con discursos.
Y mientras no se entienda eso, el verdadero cambio seguirá siendo solo una promesa que nunca llegó.

