Por Adrián Ahjuech
En política, cuando una historia se repite, deja de ser anécdota y se convierte en patrón. Y en el crucismo, ese patrón ya huele más a exceso que a transformación. La cereza del pastel no es solo el despilfarro, es la desfachatez.
El mismo funcionario que un día aparece entregando notificaciones del predial —como si Comunicación Social fuera recaudación, embargo o cobrador municipal— es el que administra millones y millones de pesos en publicidad, más que rubros esenciales para Ciudad Juárez. Salud, educación, deporte, desarrollo social, obras publicas… todos por debajo del presupuesto de la imagen. La prioridad está clara: primero el reflector, luego la ciudad.
Carlos Israel Nájera Payán no es un ciudadano cualquiera. Es el coordinador de Comunicación Social del Municipio de Juárez. Su obligación no es repartir papelitos ni jugar al “todólogo”, sino informar con responsabilidad, respetar la ley y cuidar el uso de los recursos públicos. Pero cuando el cargo se confunde con protagonismo, y el protagonismo con impunidad, el resultado es este circo político que hoy exhibe a la administración municipal.
Y como si faltara algo, aparece la nueva cereza: los viajes, los lujos y la vida europea de quienes orbitan alrededor del poder municipal. Mientras Morena predica austeridad republicana, mientras la 4T presume ser diferente, los cercanos al gobierno prefieren París, Roma y Madrid antes que las colonias olvidadas de Juárez.
No se trata de moralina barata. Nadie cuestiona que alguien viaje si puede pagarlo. La pregunta es otra, mucho más incómoda:
¿Con qué ingresos, con qué tiempos y con qué cercanías al poder se dan estos lujos? ¿Es simple coincidencia o es parte de una cultura interna donde el gasto público fluye hacia contratos inflados, chayote moderno y silencios comprados?
Las denuncias internas, las que circulan entre empleados municipales hartos de los abusos, hablan de nepotismo normalizado, de excesos vistos como rutina, de un gobierno donde el “no pasa nada” es la consigna. Y cuando el mensaje desde arriba es permisivo, el desorden se institucionaliza.
Aquí hay un responsable político que no puede esquivar el tema: Cruz Pérez Cuéllar. Porque nadie llega, nadie se queda y nadie se excede sin la venia del jefe. Si el alcalde tolera que su encargado de comunicación cruce líneas legales, presupuestales y éticas, entonces el problema ya no es un funcionario: es el modelo de gobierno.
Morena prometió ser distinto. Prometió acabar con los privilegios, con el derroche, con la vieja política. Pero en Juárez vemos lo contrario: neomorenistas con alma de viejo régimen, seguidores más de Adam Smith que de Benito Juárez, más cercanos a López Portillo que a la austeridad que pregonan.
La política no se construye con discursos ni con spots millonarios. Se construye con congruencia. Y hoy, la congruencia brilla por su ausencia. Porque mientras el ciudadano batalla para pagar el predial, hay quienes pasean por Europa.
Mientras la ciudad exige servicios, hay quienes presumen bacanales. Y mientras Morena habla de pueblo, algunos ya viven como los nuevos ricos del poder.
Esa es la verdadera cereza del pastel. Y también, el principio del desgaste.

