La memoria fotográfica suele ser el peor enemigo de la retórica política, echa abajo la construcción de una imagen política que no deja de apestar a chapulín. Así lo muestra el reciente revuelo en redes sociales provocado por las imágenes del exgobernador César Duarte Jáquez en la boda de Brenda Ríos Prieto (satirizada en plataformas digitales debido a su entorno conyugal) es mucho más que un simple chisme de salón o un recuerdo del archivo familiar. Representa la evidencia gráfica de una realidad innegable: las élites políticas de Chihuahua comparten un mismo árbol genealógico, sin importar el color del partido que utilicen como plataforma de turno. Las fotos se quedan fijas, mientras las convicciones se mudan de trinchera con asombrosa ligereza. Pero on hijos putativos de César Duarte hoy preso por los expedientes anticorrupción que abrió en su contra el gobierno de Javier Corral y que siguen siendo parte del discurso político que se reaviva en el actual proceso electoral.
Bajo la bandera del pragmatismo electoral, el partido oficialista abrió las puertas a figuras cuyo pasado inmediato encarnaba todo lo que el movimiento prometió combatir. Brenda Ríos, hoy flamante diputada plurinominal de Morena, edificó gran parte de su carrera bajo el cobijo del Partido Verde y operó como delegada federal de la SEMARNAT durante el sexenio de Enrique Peña Nieto. Su matrimonio con Alex LeBarón, un priista conspicuo que formó parte del engranaje legislativo y administrativo en los años del duartismo, termina por tejer un puente ineludible entre el viejo régimen y la autoproclamada transformación. Hoy es diputada por Morena y aspira a la candidatura de la 4T por la presidencia municipal de la ciudad de Chihuahua compitiendo contra un morenista fundador elogiado en su momento por AMLO: el profe Martín Chaparro.
Es probable que Brenda sea la abanderada, es cobijada actualmente por Ariadna Montiel, la misma que metió las manos por Cruz Pérez Cuéllar para favorecerlo con la candidatura a la gubernatura.
Esta metamorfosis discursiva debilita el relato moral de una militancia fundadora que observa con impotencia cómo los privilegios de la representación popular se entregan a los adversarios de ayer. Cuando los colores cambian pero los rostros siguen siendo los mismos, el mensaje para el electorado es devastador: la ideología es intercambiable y el poder es un fin que justifica cualquier alianza. La simulación se vuelve doctrina cuando se pretende borrar con un chaleco guinda los años de complicidad institucional con uno de los sexenios más cuestionados en la historia del estado.
El caso de Brenda Ríos no es un hecho aislado, sino el síntoma de una colonización sistemática de Morena y sus espacios políticos. El fenómeno se consolida con el encumbramiento de personajes como Cruz Pérez Cuéllar, actual alcalde de Ciudad Juárez y recién nombrado coordinador estatal de Morena, quien en su momento arrastró señalamientos por presuntos financiamientos vinculados a la «nómina secreta» de Duarte. A él se suma Mayra Chávez, actual delegada de los Programas para el Bienestar en Chihuahua, señalada por fundadores del movimiento debido a su pasado como dirigente priista encargada de recaudar cuotas durante aquella misma administración estatal. Así, entre padrinazgos del pasado y candidaturas del presente, el duartismo parece haber encontrado en Morena su mejor refugio de supervivencia. No esta lejano el día en el que Ariadna Montiel le de credencial de militante a César Duarte. Por lo pronto ya le dio candidatura a uno de sus hijos putativos que nació con la nomina secreta.


