El panorama político chihuahuense ha alcanzado su punto más ríspido tras el incendiario choque entre Maru Campos y Claudia Sheinbaum. Lejos de limitarse a las diferencias institucionales por el caso de la CIA en el operativo para desmantelar un narcolaboratorio, la gobernadora subió la apuesta al acusar directamente a la dirigencia nacional de Morena, encabezada por Ariadna Montiel, de operar acuerdos con el crimen organizado en la Sierra Tarahumara, etiquetando además al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, como un «narcocandidato». La respuesta de la mandataria federal exigiendo pruebas dinamitó los puentes, desatando un «affair» de acusaciones de grueso calibre que sacó a la luz la verdadera rudeza con la que se disputará electoralemente el estado de Chihuahua.
Ante semejante metralla, sorprende el repentino pánico que ha invadido al presidente municipal con licencia Cruz Pérez Cuéllar, virtual candidato a la gubernatura con el demagogo titulo de coordinador de la defensa de la Transformación y la Soberanía.
Tras meses de torpedear sistemáticamente la estrategia de seguridad estatal y menospreciar la infraestructura del proyecto Centinela, Pérez Cuéllar corre ahora presuroso a resguardarse bajo las faldas de la legalidad burocrática poniendo una denuncia contra la gobernadora Maru Campos para curarse en salud. Las madrinitas de Cabada ya no le embonaron para irle a llorar.
Pofr eso resulta por demás irónico que un político que se dice curtido en el choque frontal decida hoy rasgarse las vestiduras y anunciar denuncias por «daño moral», asumiendo el papel de víctima idónea frente a las lapidarias palabras de la gobernadora. Pero lo cierto es que está curtido en el arte de llorar, de tirar la piedra y esconder la mano desde que lo expulsaron del PAN, desde que dejo Movimiento Ciudadano y en el 2021 cuando no le dieron la candidatura a la gubernatura y llamó “cuchareadas” a las encuestas de Morena.
Pero hay algo más, la crónica de sus recientes apariciones delata un nerviosismo inocultable que intenta disfrazar de dignidad partidista. Al salir a los micrófonos a escudarse en las figuras de Sheinbaum y Montiel para evadir los señalamientos en su contra, el alcalde de Juárez solo exhibe su incapacidad para sostener el debate en el terreno de la alta tensión. El llanto mediático de las querellas electorales funciona más como un blindaje de papel para su virtual candidatura que como una defensa contundente; prefiere la comodidad del trámite judicial antes que enfrentar con datos y realidades las duras sospechas vertidas sobre su entorno. No expica la millonaria inversión en su campaña y los lujos que le da a su familia con estudios en el extranjero y viajes por el mundo.
Bien reza el viejo y sabio refrán de la política mexicana que a puñaladas iguales llorar es cobardía. Si el alcalde decidió abrir fuego contra la gestión de Maru Campos y boicotear sus planes de seguridad en la frontera, debió anticipar que en algún momento la réplica no vendría en un tono de cortesía diplomática. Al victimizarse por ser llamado «narcocandidato» en este affair de ligas mayores, Pérez Cuélllr no solo demuestra tener una piel demasiado delgada para el rudo tablero estatal, sino que deja en el aire un tufillo a debilidad que ningún recurso legal alcanzará a maquillar. Muchos mejor le recomiendan que mejor se cuide de las agencias norteamericanas, ahí no habrá denuncia ni amparo que lo protega y quizas su nombre sea colocado en algún momento al lado del de Rubén Rocha Moya.

